Hoy en día, los hijos necesitan padres con mucho cuento...

EDUCAR PARA ELIMINAR LOS PREJUICIOS DE NUESTROS HIJOS

Una de las cosas más difíciles en la labor educativa de los padres es ayudar a los hijos a comprender conceptos que son abstractos para ellos. Y hoy no me quiero referir a conocimientos, como por ejemplo podría ser el tiempo y su medición. En esos casos es fácil buscar recursos materiales que nos ayudan a hacerlo tangible (véase aprender las horas). Me refiero a valores, conceptos morales y éticos, como por ejemplo hacerles comprender qué significa tener prejuicios, y su relación con la justicia. Así que hoy, en #FilosofíaDeAndarPorCasa propongo educar para eliminar los prejuicios de nuestros hijos. Porque solo educar en valores desde pequeños evita que los acompañen siendo adultos.

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3 APROXIMACIONES A LA EDUCACIÓN EN VALORES

Para mí, hay 3 formas de acercar a los niños a lo que significa y supone tener o sufrir prejuicios:

  • El ejemplo: ¡cómo no! Convivimos con ellos, somos sus padres y somos su ejemplo más constante. Puede que a veces los padres nos perdamos en las palabras, o ellos no estén receptivos a una escucha activa, pero el ejemplo es una lluvia constante que acaba calando. Por edad, experiencias y conocimientos, nosotros sí hemos aprendido a manejar nuestros prejuicios. Tenemos la templanza para no otorgar una posición a algo o alguien sin haber reflexionado antes en su evidencia o en nuestras experiencias. Discernimos entre el grupo y el individuo, y reconocemos estereotipos. Y es más, conocemos lo que significa la justicia, y los perjuicios que ocasionan en el otro (e incluso los podemos haber sentido en nosotros mismos) Así que uno de los caminos para hacer frente a los prejuicios de nuestros hijos es ser su ejemplo y desterrarlos de nosotros. O enseñarles cómo nos hemos enfrentado a ellos cuando hemos sido objeto de algún prejuicio.
  • Los cuentos: el niño a menudo imagina lo que no conoce. Tiene que hacer tangible y concreto lo que es abstracto para así comprenderlo. Y la imaginación es un arma muy poderosa, lo sabemos, pero cuando hablamos de prejuicios el niño no debería imaginar lo que no es. Hay que transmitirle un mensaje concreto y unívoco también. Quizás no tenga la experiencia que da la vida para comprender lo que significa un prejuicio, pero los cuentos son el camino para anticipar esa experiencia, para hacernos sentir una emoción. Hay cuentos excelentes para que el niño sienta lo que un prejuicio sobre alguien le origina a nivel emocional. Le he preguntado a Emma y dice que ella recomienda “Rosa caramelo”, y “El cazo de Lorenzo”. Y si quieres, puedes utilizar uno de mis cuentos para tu #FilosofíaDeAndarPorCasa: “No me llames princesa, llámame por mi nombre”.
  • Y por último, sentir los prejuicios o hacerlos sentir: sin bálsamos, pero en un ambiente controlado como es su hogar. A veces me he encontrado argumentando con mis hijos sobre los prejuicios y poniéndoles ejemplos. Y sin embargo los sentía alejados de la realidad de otras personas simplemente por el hecho de que para ellos esa otra realidad no es suya. ¿Me explico? A menudo, la realidad que no vivimos nos resulta tan ajena como si se tratara de una película que ves, comprendes, incluso analizas; pero luego continúas con tu vida porque eso no forma parte de tu realidad. No quiero que mis hijos vivan ajenos a realidades que existen, solo porque han nacido en el lado amable del mundo. No quiero que sean espectadores. Quiero que puedan ser capaces de hacer algo cuando presencien algo injusto, aunque no se lo hagan a ellos. Y en esta ocasión debían sentir lo que supone un prejuicio.

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EDUCAR PARA ELIMINAR LOS PREJUICIOS DE NUESTROS HIJOS

Te pongo un ejemplo. Un día, en complicidad con hijo mayor, acordé elegir una película que Emma quería ver en la tele con el argumento de que las chicas somos superiores. Y que si había que elegir entre la peli que proponían los chicos de la casa y su peli, debía prevalecer la suya. Teníais que haber visto la cara que puso Emma. Ella, que es sensible y bondadosa, se tornó malvada sintiéndose superior y no paró de hacerle burlas a su hermano.

A la mañana siguiente, seguimos con el experimento. Solo que ahora ella era quien iba a sufrir el perjuicio. Dije que, después de haberlo pensado por la noche, me había equivocado. Y que en realidad los chicos eran superiores a las chicas. Que hoy ellos no iban a recoger el desayuno ni hacer la cama, y que teníamos nosotras que recoger lo nuestro y lo suyo, y hacer las camas. ¡Ay, amigos! ¡Ahora decía que aquello no era justo!

Primero se enfadó mucho, y luego claudicó como diciendo qué decepción mamá, ¿no me dices siempre que las chicas al poder? Pero había que continuar con el teatro, así que acabamos nosotras recogiendo el desayuno y haciendo las camas, mientras ella farfullaba por la injusticia que se estaba cometiendo.

Cuando íbamos en el coche al cole, reconoció que lo del día anterior tampoco había sido justo; y que como ella había salido ganando se calló. A lo que contesté: no te callaste, te burlaste de Yago y además dejaste que pasara una cosa injusta. Ella decía que la culpa en realidad no era suya, sino mía, porque yo fui la que dijo que las chicas éramos superiores. Vale, soy culpable de decir una bobada, le contesté. Pero tus actos los eliges tú. Así es como comienzan los prejuicios: alguien dice algo, sin evidencia real, y los demás lo consideramos una verdad y actuamos como tal. Y además, como nos interesa, lo permitimos.

A veces para explicar algo hay que experimentarlo. Ella sabía cómo se sintió cuando se creyó superior, y cómo trató a su hermano. Pero también sabía cómo se había sentido cuando se la trató de menos y se permitió algo injusto. Ahora al menos no será indiferente a experiencias ajenas aunque no las viva en particular.

Chicos y chicas, blancos y negros, cristianos y judíos, gitanos y payos, gordos y flacos, guapos y feos, altos y bajos… y la lista no se acaba. Y cuidado, porque hoy en día los prejuicios se ocultan de formas insospechadas. Si no educamos nosotros a nuestros hijos, llegarán otros que lo hagan y a los que quizás crean. Educar en el pensamiento crítico me parece fundamental hoy en día. Hay mucho en juego para que no se queden en meros deseos de un mundo mejor.

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